Y, tras un corto y dulce beso en la frente, se fue. Estaba sola.
Bueno... pensé, levantando la mano para contemplar el tesoro que ahora tenía. Supuse que en realidad no estaba tan sola. La piedra azul púrpura se veía igual de magnífica a la luz de la mañana, si no más, y hacía que se me disparara el corazón.
No podía saciarme de ella.
No podía saciarme de él.
En tan poco tiempo, se había entretejido en mí tan profundamente, tan fuertemente, que no podía distinguir dónde terminaba él