El viaje hacia el norte fue una marcha larga y silenciosa. Dejamos atrás el aroma familiar del pino y la tierra, avanzando hacia un mundo que se sentía ajeno y equivocado. El aire se volvió más delgado, el cielo de un azul pálido y deslavado, carente de la vida profunda y vibrante de nuestro hogar. El suelo bajo nuestras patas se volvió duro, con un crujido extraño y cristalino que resultaba antinaturalmente fuerte en el silencio. Y los aromas… los aromas habían desaparecido. El rico y complejo