El zumbido que comenzó en el búnker no era un sonido. Era una sensación. Un vacío psíquico y helado que empezó a tirar de los bordes de mi conciencia. Al principio fue un drenaje sutil, como una fuga lenta en un cubo, pero luego se convirtió en un torrente. Un vacío hambriento, succionador, que me robaba hasta el aire de los pulmones.
Una oleada de mareo me atravesó y tropecé, el brazo de Ronan siendo lo único que me mantenía en pie. El patio, que había sido un lugar de paz exhausta, se llenó d