El mundo era una sinfonía de violencia.
Mi rugido fue una promesa de fuego, un sonido de agonía pura y sin diluir que sacudió las hojas quebradizas de los árboles muertos. Me lancé contra el monstruo que llevaba el rostro de Joric, no como un Alfa, sino como un ejecutor. Mis garras, más largas y fuertes que las de cualquier lobo normal, eran extensiones de mi alma destrozada. No estaban hechas para desgarrar. Estaban hechas para liberar.
Colisionamos en el centro del claro muerto, un torbellino