Ronan P.O.V
El silencio que siguió a las primeras palabras de Joric fue algo sagrado, casi santo. Era el silencio de un mundo que termina. No con un rugido ni un grito, sino con la muerte lenta y metódica de un alma.
Joric estaba frente a mí, su cuerpo un paisaje familiar y querido que había conocido desde que éramos cachorros peleando en la tierra. Pero el mapa había sido redibujado en fuego infernal. El pelaje de su rostro era un gris enfermizo y parcheado, y sus ojos—los ojos que habían reído