“Y lo que siento,” continué, mi voz descendiendo a un susurro suave y aterrador que era una promesa de su propia condena, “son los hilos de su telaraña. Y estoy empezando a aprender cómo cortarlos.”
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire estéril y vibrante, un desafío lanzado al rostro de un dios que acababa de descubrir que era mortal. Durante un largo y tenso momento, Vigo no se movió. Pude sentir su quietud, la pausa de un depredador que reevalúa a su presa. El olor de su satisfacción