El frasco era un peso frío y pesado en la mano temblorosa de la joven científica. No necesitaba verlo para saber su forma, su contenido. Podía sentir la vibración tenue del líquido plateado en su interior, una canción de vida corrompida y salvación forzada. Era algo hermoso y terrible.
“Vete”, gruñó Vigo, su voz un sonido crudo y gutural cargado de una furia tan potente que hizo que el aire chispeara.
La científica, una chica cuyo corazón latía con un ritmo frenético y aterrorizado, huyó. El so