El silencio del bosque era un peso físico, una quietud hueca y sin vida que nos envolvía por completo, un contraste brutal con la sinfonía viva y palpitante de nuestras tierras de la manada. Estaba sentado con la espalda apoyada en un roble enorme y retorcido, su corteza seca y áspera como hueso bajo mis manos. No había hablado. No me había movido. Solo miraba la oscuridad opresiva del bosque, convertido en una cáscara vacía de lo que alguna vez fue un Alfa.
El lazo con Elara era un nervio expu