Los aullidos fueron un golpe físico.
No eran los llamados familiares y orgullosos de la Manada del Lobo Plateado. Eran más profundos, más guturales, el sonido de un hambre salvaje y pura que vibró a través del suelo de piedra, subió por mis piernas y se incrustó en mis huesos. Era el sonido del enemigo en nuestras puertas. El sonido del verdadero plan de Vigo, una sinfonía de destrucción que acababa de desatar.
El pánico estalló en la cámara del consejo. Era un olor caliente y agrio, un torbell