El silencio que cayó no era la quietud pacífica del monasterio. Era una ausencia, un vacío donde debería haber habido sonido. El mundo contenía el aliento, y la razón estaba de pie en la orilla del lago, su poder funcionando como un faro para la oscuridad invasora.
—Es culpa mía —susurró Elara, con las palabras atascadas en la garganta. El peso de aquello era una fuerza física que le oprimía el pecho—. Tocamos la Crónica. Aprendimos su nombre. Ahora sabe que somos una amenaza real.
—O sabe dónd