La mañana después de su avance, el mundo era diferente. El ritmo de la cascada ya no era un escudo, sino un instrumento único y claro en la gran orquesta. Elara se sentó a la entrada de la cueva, con los ojos cerrados, y simplemente escuchó. El dolor seguía allí —una punzada aguda por un brazo roto en un valle lejano, un dolor sordo de hambre en una ciudad abarrotada—, pero ya no era un asalto caótico. Era una nota de violonchelo única y lúgubre en una sinfonía vasta y compleja. Y entretejidas