La sinfonía de dos canciones —mi nota de esperanza y la melodía de dolor de Lyra— llenó el anfiteatro de huesos con un sonido tan hermoso y terrible que parecía que el mundo estaba naciendo y muriendo al mismo tiempo. Los Tejedores de Ecos, que habían pasado sus vidas enteras escuchando los susurros de los muertos, cayeron de rodillas con los rostros empapados en lágrimas. Estaban escuchando la fuente de sus susurros, el dolor puro y sin filtrar del mundo; era una experiencia religiosa.
Lyra, l