El último día de nuestro viaje fue una carrera a través de un mundo moribundo. Cuanto más nos acercábamos a la guarida, más profundamente mal se sentía todo. La vida vibrante e interconectada del bosque estaba apagada, como si un sudario gris y asfixiante hubiera sido arrojado sobre el paisaje. Los pájaros guardaban silencio. El parloteo de las ardillas había desaparecido. El aire era frío y pesado, denso con un olor metálico y eléctrico que sabía a ozono y miedo. El Equilibrio no estaba solo a