La noche previa al Cónclave fue la más larga de mi vida. El campamento estaba inquietantemente silencioso, la energía bulliciosa habitual de una reunión de lobos había sido reemplazada por un silencio tenso y vigilante. Cada manada era un resorte comprimido, esperando el amanecer.
Ronan y yo estábamos de pie al borde de nuestro pequeño campamento, contemplando las piedras monolíticas del Círculo, ahora bañadas por el resplandor etéreo de la luna llena. Las runas talladas en sus superficies palp