La nota solitaria de Kaelen quedó suspendida en el aire, un tañido discordante en una catedral de duelo monótono. Por un momento, no pasó nada. La multitud balanceándose, el predicador salmodiando, el zumbido opresivo de la Aguja; todo continuó como si él no hubiera emitido sonido alguno.
Pero entonces, una onda. Una mujer en la primera fila tropezó, llevándose la mano al pecho. Un hombre cercano detuvo su llanto rítmico, con el rostro convertido en una máscara de confusión. La nota no había ro