—Baja, Bianca.
Franco no levantó la voz.
No hizo falta.
La palabra subió por la caja de la escalera con una precisión helada y quedó suspendida en el pabellón como una orden sin maquillaje. Adriana seguía junto a la mesa del archivo, con la caja abierta, el recorte italiano todavía a la vista y la nota de la mujer de la piedra convertida ya en otra clase de herida. Franco había cerrado la tapa, pero no la había apartado. Tampoco la tocaba ahora. Eso, pensó Adriana, era lo peor de él cuando se en