El mensaje llegó a las seis y once de la mañana.
No al teléfono de Adriana. A uno de los dispositivos de Franco, el pequeño, el que Damián dejaba siempre boca abajo junto al café cuando la noche había sido demasiado corta para fingir que había acabado. Franco lo leyó sin moverse. Después, lo deslizó por la mesa hasta Adriana.
Había una sola línea.
Quince minutos. Saint-Martin. Viene o la pierdo de nuevo. —L
Adriana sostuvo la mirada de Franco un segundo.
No hizo falta preguntar quién.
—Puede ser