La ciudad brillante terminaba exactamente donde empezaba la humedad del hormigón.
Franco no la dejó hacer preguntas hasta que estuvieron bajando la tercera escalera de servicio, una detrás de otra, con el eco de sus pasos tragado por una garganta de cemento que Mónaco fingía no tener.
Adriana iba primero por indicación de él y por orgullo propio. No porque el trayecto fuera seguro. Precisamente por lo contrario. Las escaleras eran angostas, pintadas de un gris que había dejado de ser color y se