La villa del Jardin Exotique no parecía una casa desde abajo.
Parecía una decisión vertical.
Desde la calle inferior, a la hora exacta en que Mónaco había dejado de fingir normalidad pero aún no había entrado del todo en la noche, la residencia De la Vega era una composición impecable de terrazas encendidas a media intensidad, piedra clara y ventanales pensados para parecer discretos desde fuera y permitir la vigilancia desde dentro. Adriana la había visto así toda la vida y nunca se había pregu