Esperó hasta después de las diez.
No porque quisiera demorarlo, sino porque necesitaba que el pabellón se vaciara de ruidos útiles. A esa hora Damián ya había terminado con las llamadas. Las rondas del perímetro se habían vuelto más lentas y más previsibles. Las tuberías de la cocina ya no hacían ese ruido breve que dejaban siempre después de la cena. Incluso Bianca —si seguía en el edificio o en sus alrededores, cosa que Adriana no podía probar pero tampoco dejar de pensar— ya no tenía una pres