Bianca supo el alcance de lo que había hecho cuando vio el nombre de Lorenzo Bellini en la nota de Lucía Morel.
No porque el nombre la afectara. Porque entendió la cadena.
Estaba en un apartamento de una planta en Fontvieille viejo que olía a calcáreo y a años, con un colchón prestado y el teléfono de un número que no era el suyo porque había dejado el propio apagado desde las seis de la mañana del día en que salió del refugio. Había comprado el periódico en papel para no dejar rastro digital.