La nota seguía en la mano de Adriana cuando entraron al pabellón.
No la había soltado ni durante la subida por el ascensor de carga ni en el pasillo del primer piso ni al cruzar la cocina, donde Damián dejó de preguntar con la cara exactamente lo que nunca preguntaba con la boca. La llevaba abierta, doblada solo lo suficiente para no exponer la letra al aire más de lo necesario, como si cerrarla otra vez equivaliera a devolverla al lugar donde doce años habían querido dejarla.
Franco no intentó