El medallón no abrió a la primera.
Adriana lo descubrió sola, a las seis y cuarenta y dos de la mañana, cuando la luz del patio todavía era gris y el perímetro se movía con esa exactitud sin rostro que había aprendido a medir desde la ventana del segundo piso. Había dormido poco y mal. El pacto de la noche anterior seguía vivo en el cuerpo con la forma incómoda de las decisiones que todavía no se terminan de entender, y el medallón, sobre la colcha blanca, parecía más pesado de lo que su tamaño