Bajó a las ocho.
No porque hubiera dormido bien —había pasado las horas entre las tres y las siete en un estado intermedio, más parecido al cálculo que al descanso—, sino porque quedarse en el segundo piso después de esa hora habría significado concederle demasiado peso a la noche anterior.
El primer piso estaba ligeramente reorganizado.
No de forma dramática. Era la clase de cambio que solo detecta alguien que ha aprendido a memorizar la posición de las cosas para saber cuándo una habitación ha