**Punto de vista de Aria**
La tormenta golpeó más fuerte de lo que nadie esperaba. No era solo lluvia; era un diluvio violento y azotador que golpeaba el tejado de la finca como mil puños. Un relámpago partió el cielo, seguido de un trueno tan fuerte que vibró en mi pecho y sacudió las paredes de mi habitación. Yo estaba en la cama, aferrando las sábanas con los nudillos blancos. Las ventanas habían quedado entreabiertas y la lluvia entraba a chorros, mezclándose con el sudor de mi piel. Mi estómago se tensó con una fuerza que nunca había experimentado, un apretón profundo e interno que me robaba el aliento.
«¡Ahhh!», grité, con la voz ronca y desesperada. Intenté recordar las técnicas de respiración, pero el dolor era demasiado agudo, demasiado absoluto. Sentía que mi cuerpo se desgarraba desde dentro. Me abracé la barriga hinchada, encogiéndome sobre mí misma mientras otra oleada de agonía me arrasaba.
«¡Aria! ¡Aria, mírame!», la voz de Papo era frenética. Caminaba de un lado a otro