Punto de vista de Amaro
Llegué a la hacienda justo antes del atardecer. El cielo aún estaba lo bastante claro como para ver el polvo rojizo que cubría mis mangas y mis botas. Había pasado la mayor parte de la tarde resolviendo la disputa de los trabajadores de los viñedos por los salarios y luego revisando los generadores detrás del edificio este. Nada fuera de lo común. Todo funcionaba como debía. Pero al entrar por la puerta trasera, noté dos coches desconocidos estacionados cerca del lateral de la casa principal. Uno era un sedán anodino que parecía de alquiler. El otro pertenecía a Marco, el conductor local que usábamos para transportar a los forasteros con discreción.
Aquí nunca teníamos forasteros.
Mi primera reacción fue un pinchazo agudo de irritación. Papo nunca traía a nadie a la hacienda sin avisarme antes. Podía ser mayor, pero su mente seguía afilada como una navaja y respetaba el sistema meticuloso que habíamos construido juntos. Todo se comunicaba con antelación. Cada v