Alex camina por el pasillo de la mansión con la furia a flor de piel. El silencio de Camille todavía le quema en el pecho, y esa sensación de haberlo perdido todo lo ha vuelto peligroso, o al menos, lo suficientemente temerario como para no importarle las consecuencias. Cuando ve a Nicolay salir del despacho, no se detiene. No baja la cabeza como hacen los demás soldados. Se planta frente al Pakhan, cortándole el paso.
Nicolay lo mira con esos ojos tan fríos que suelen hacer temblar a hombres a