La neblina del pantano de Luisiana se arrastra sobre el agua estancada como una sábana gris, trepando por las raíces de los cipreses y envolviendo la cabaña en un silencio que solo los depredadores saben interpretar. Para el ojo inexperto, la propiedad de Edward Mark está perfectamente vigilada por hombres armados con tecnología térmica; para Egor Radov, es simplemente un rompecabezas de piezas lentas y más que predecibles.
Egor se mueve con la fluidez de una sombra que ha cobrado vida propia.