La luz suave de la mañana se filtraba por las persianas de la unidad neonatal. Habían pasado tres semanas desde aquella noche de terror, y el silencio estéril del hospital finalmente se sentía cálido. Valentina estaba sentada en un sillón mecedor, sosteniendo contra su pecho a la pequeña Elena, mientras Declan, a su lado, acunaba con una torpeza adorable a Mateo.
Los mellizos, aunque nacidos antes de tiempo, habían demostrado una fuerza heredada de su madre. Elena tenía los ojos curiosos de Va