La lluvia golpeaba el techo de la mansión Fairchild con una violencia que parecía querer derribar las paredes, pero el verdadero estruendo ocurría en el interior de la biblioteca. Verónica, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en un punto inexistente del suelo, sentía que su realidad se fragmentaba.
—¡Papá, de qué estás hablando! —gritó, su voz rompiéndose en un agudo de desesperación—. ¿Cómo puedes decir una tontería como esa? ¿Cómo puedes decirme tantas mentiras en un momento así?