Declan se quedó inmóvil en el comedor, con la mano aún suspendida en el aire, como si el fantasma del brazo de Valentina siguiera atrapado entre sus dedos. La vibración de su propia voz, ese gruñido animal que había soltado hace un instante, todavía resonaba en las paredes, burlándose de él.
Se miró la palma de la mano. No había querido apretarla. Juraba por su vida que su intención había sido solo detenerla, hacerle entender que el mundo exterior era un campo minado. Pero su cerebro, traicione