La pantalla del ordenador iluminaba el rostro de Valentina, quien, envuelta en una manta de lana, compartía su primera videollamada formal con Mila desde que aterrizó en Florencia. Afuera, el sol italiano se filtraba entre los edificios renacentistas, pero dentro de la habitación, el aire todavía se sentía cargado con la humedad de la nostalgia.
—Como podrás darte cuenta, ya estoy establecida en Italia —dijo Valentina, forzando una sonrisa que no lograba encender sus ojos, los cuales seguían pl