Clarisse bajó la escalinata de la mansión Morrison sosteniendo entre sus manos la gran canasta repleta de exquisitos bocadillos preparados por su adorada Martha. El Duque la esperaba al lado de un suntuoso carruaje, tan elegante y sofisticado como lo era él mismo. Estaba parado junto a la portezuela con un porte imponente, arrogante y pretencioso que le robaría el aliento a cualquiera, incluso a ella, que siempre se había definido como una mujer desinteresada ante los títulos.
Se le hacía compl