Mason salió del lugar con una gran sonrisa, no solo porque su cuerpo sufrió los deliciosos dolores del momento lujurioso y desenfrenado que acababa de vivir con la persona que nunca lo había decepcionado y con la cual tenía una amistad… estrecha, sino que gracias a ella —y a Emma, por supuesto— su mente se encontraba mucho más clara que antes; necesitaba trazar un plan para conquistar a la dulce flor —léase el sarcasmo en cada palabra— inglesa que le había robado…
¿Qué le había robado?
¡La paz