Esa noche esperé a Ciro.
Me senté en la cama con las piernas recogidas contra el pecho y observé la puerta durante horas. Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, mi corazón se aceleraba.
Esta vez sí iba a hacerlo.
Había tomado una decisión.
Iba a mirarlo a los ojos. Si veía el amor que siempre había visto en ellos, le diría la verdad. Todo. Lo de Nikolai, lo de mi madre, lo de los Volkov. Y luego, si él seguía mirándome igual, le hablaría del bebé.
Pero las horas pasaron. Y Ciro no apareció