El silencio que quedó en el despacho después de aquella pregunta fue insoportable.
—¿Quién demonios eres?
Todavía podía escucharla resonando dentro de mi cabeza.
Las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas.
—Ciro, escúchame. Por favor. Antes de que te cierres a la verdad, escúchame.
Ciro permaneció inmóvil.
No respondió. Solo me observó.
Pero ya no era la misma mirada.
Ya no veía amor.
Ya no veía ternura.
Solo veía distancia.
Y eso me aterró.
Tomé aire.
—Yo tampoco lo sabía —dije.
Ciro soltó