Las primeras doce horas de las cuarenta y ocho que Marco me había dado fueron incómodas.
No porque me vigilara. Sino porque intentaba fingir que no lo hacía.
Lo veía en todas partes.
Nunca me preguntaba nada. Nunca mencionaba la pistola que me había apuntado al pecho.
Pero sus ojos estaban sobre mí.
Y yo lo sabía.
Decidí ignorarlo. Si quería observarme, que lo hiciera.
Aquella mañana Sofía apareció en mi habitación poco después del mediodía.
—¿Estás ocupada?
—No.
—Perfecto. Ven conmigo.
—¿Adónd