El coche avanzaba por la carretera mientras las luces de la ciudad desaparecían poco a poco detrás de nosotros.
Yo seguía mirando por la ventana.
No había dicho una palabra desde que salimos de la cumbre.
Dante tampoco.
Pero su mano seguía sobre la mía.
No sabía cuándo había empezado a sostenerla. Solo sabía que no la había soltado.
Tenía los dedos calientes. Firmes.
Y yo estaba temblando.
Intentaba controlarlo. Respirar despacio. Mantener la espalda recta. Pensar en cualquier cosa que no fuera