Esa noche, la cama era un abismo.
Él a un lado. Yo al otro. Demasiadas sábanas entre los dos. Demasiado silencio. Últimamente era nuestra forma de estar juntos: sin tocarnos, sin mirarnos, como si las palabras fueran menos peligrosas si no nos veíamos las caras.
Yo miraba el techo. Dante también. La oscuridad nos envolvía como una tregua falsa.
—Mañana asistirás conmigo a la cumbre —dijo de repente.
Su voz me sacó de mis pensamientos. La cumbre. La reunión de los líderes. El lugar al que Morris