Desperté con el cuello rígido y el cuerpo envuelto en una manta que no recordaba haberme puesto.
Parpadeé. La luz del sol entraba por la ventana. Estaba en la cama, vestida con la misma ropa de la noche anterior. El micrófono seguía bajo mi blusa, ya inservible, con la batería agotada.
Me incorporé.
Dante estaba sentado en una silla junto a la cama. Dormido. Con la cabeza apoyada en una mano y los ojos cerrados. Llevaba la misma camisa de la cumbre, arrugada y medio desabrochada.
Se había queda