En la mañana, el desayuno transcurrió en un silencio tenso.
Dante apenas probó el café. Yo tampoco tenía hambre. La conversación de la noche anterior flotaba entre nosotros como un fantasma. "No me mientas, Valeria." "No te estoy mintiendo." "Siempre mientes."
Uno de sus hombres apareció en la puerta del comedor.
—Jefe, hay un asunto que requiere su atención.
Dante se levantó sin decir nada. Me lanzó una última mirada antes de irse. Una mirada que decía: esto no ha terminado.
Me quedé sola