Los días siguientes se volvieron borrosos.
Me despertaba con náuseas. Me dormía con mareos. Las inyecciones seguían llegando cada mañana, puntuales como un reloj de pesadilla. La enfermera entraba, me clavaba la aguja, anotaba algo en su carpeta y se iba sin decir nada. Yo me quedaba en la cama, con el brazo dolorido y el estómago revuelto, preguntándome cuánto tiempo más podría aguantar.
Apenas comía. La comida me daba asco. Hasta la sopa de Marga, que antes me sabía a consuelo, ahora me provo