La puerta se abrió.
Henrik entró con el semblante ensombrecido. No dijo nada. No me miró. Se limitó a caminar hasta la ventana y quedarse allí de pie, de espaldas a mí, con las manos metidas en los bolsillos. Su silueta recortada contra la luz gris de la tarde parecía una estatua.
Quise preguntarle qué había dicho el médico. Abrí la boca, pero no me salió la voz. El miedo me había dejado muda.
Poco después, la puerta volvió a abrirse. Esta vez era Regina. Entró con su porte de siempre, la espal