El hombre que Esteban trajo a la mansión se llamaba don Gustavo.
Era anciano. Muy anciano. Tenía la espalda encorvada, las manos temblorosas y una cicatriz vieja en la mejilla izquierda que le cruzaba el rostro como un recuerdo de otra época. Vestía un traje raído que olía a naftalina y a soledad.
—Siéntese, por favor —dijo Henrik, señalando el sillón del despacho.
Don Gustavo se sentó con dificultad. Me miró a mí. Luego a Henrik. Luego a la puerta, como si temiera que alguien fuera a entrar en