Esa noche no dormí.
Me pasé las horas mirando el techo, con la mano de Henrik entre las mías y una opresión algo molesta en el vientre. Como si también el bebé supiera que algo importante estaba a punto de pasar.
—¿Crees que lo conseguiremos? —pregunté en la oscuridad.
—Sí.
—¿Tan seguro estás?
—No. Pero necesito creerlo. Y tú también.
Le apreté la mano. No dije nada más. No hacía falta.
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A las diez de la mañana, el tribunal estaba lleno.
Los mismos periodistas que nos habían perseguido duran