(Narrado por Henrik)
—¡Ahora, Laira! ¡Empuja! —ordenó el médico.
Ella apretó mi mano con una fuerza que no sabía que le quedaba. Su rostro estaba empapado de sudor. Sus ojos, cerrados con fuerza. Todo su cuerpo se tensó en un esfuerzo sobrehumano.
—Eso es, muy bien —dijo el médico—. Otra vez. Vamos.
Su respiración era rápida. Irregular. El sudor le pegaba mechones de pelo a la frente.
—Laira... mírame —pedí acariciándole la frente.
Me apretaba la mano con tanta fuerza que apenas sentía los de