Henrik se encerró en el despacho.
No me pidió que me fuera. Tampoco me pidió que me quedara. Simplemente se levantó, cruzó la puerta y la cerró tras de sí. Pero no le pasó el cerrojo. Y yo lo interpreté como lo que era: una invitación silenciosa a no alejarme.
Me senté en el sillón del pasillo, frente a la puerta. No llamé. No entré. Solo esperé.
Durante horas, solo oí silencio. Luego, un golpe seco. Como un puño contra la mesa. Luego otro. Luego nada.
Cuando la puerta se abrió, ya había anoche