Aquella tarde, Marga entró en mi habitación con el rostro desencajado.
No era la expresión de siempre. No traía la bandeja de la merienda ni una sonrisa cálida. Traía las manos temblorosas y una carpeta vieja apretada contra el pecho. Cerró la puerta con cuidado. Se quedó de pie, inmóvil, como si no supiera por dónde empezar.
—Marga, ¿qué te pasa? —pregunté preocupada.
—Señorita Laira, tengo que enseñarle algo. Pero necesito que me prometa que no va a decir a nadie que fui yo quien se lo dio.