La primera cena pública como prometida de Ciro Cavalli resultó ser exactamente tan incómoda como esperaba.
Quizás peor.
La mansión del socio que organizaba la velada era enorme. Luces doradas, música suave, camareros moviéndose elegantemente entre grupos de hombres peligrosos vestidos con trajes oscuros y mujeres que parecían sacadas de revistas de lujo.
Y en cuanto entramos, todas las miradas cayeron sobre mí.
Lo sentí inmediatamente.
Los murmullos.
Las observaciones disfrazadas de sonrisas el