El resto de la noche después de la fiesta fue extrañamente insoportable.
No porque pasara algo. Sino porque no pasó nada.
Ciro actuó como si la escena de la habitación jamás hubiera ocurrido. Habló con socios. Bebió whisky. Escuchó conversaciones sobre negocios y amenazas disfrazadas con sonrisas elegantes.
Pero conmigo…
Nada.
Ni una palabra innecesaria. Ni una mirada demasiado larga. Ni siquiera volvió a tocarme.
Y cuanto más avanzaba la noche, más empezaba a dolerme el pecho. Porque yo sí rec